Infinita tristeza
Después de saborear una rico caldo por varios minutos, la zanahoria, las papas, la carne, después de disfrutar el garbanzo, estas a punto de decir: es el mejor caldo que he comido en toda la mi vida, pero, en la última cucharada, se va una semilla de limón, ese que tanto sabor le agrega a tus platillos, la muerdes y se te amarga la boca, se acabo, no hay mas felicidad, solo amargura en tu lengua y en tu paladar.
Eso es lo que me pasa siempre, los días, las noches, las horas, siempre están aderezados con ese toque amargo de la semilla de limón en la última cucharada, solo es necesario que mi cabeza toque la almohada, que se acabe la música, o que el alcohol escarbe un poco sobre mi corazón y ahí estará el sabor a semilla de limón.
El sábado pasado hubo un evento de esos que no me gusta asistir, las reuniones familiares son algo que la verdad no me atraen. Hay quienes ya entendieron que la única forma de hacerme asistir, es amarrándome con un compromiso, como esta ultima vez, que fuimos mi mujer y yo padrinos de la pareja a matrimoniar, o sea, mi primo y si ahora esposo. Por más que trate de disfrutar el evento, desde la misa, el estar viendo a la familia de mi padre reunida me dan ganas de… no estar ahí, se dirá: ya pasaron cinco años de que se fue. Pero a mí el tiempo no me importa, ese aguijón en el corazón, nunca saldrá y entre mas pase el tiempo más se va enterrando. Me da mucho gusto que las demás personas ya lo hayan superado. A mí me sigue doliendo… y mucho… y por eso no me gusta asistir a sus reuniones donde todos se parecen a mi padre y todos me hacen notar el parecido que tengo con él.
Durante las horas que pase entre ayer y hoy en la carretera me puse a pensar en esa situación –y en muchas más como es costumbre- y me hacia la recomendación de visitar un psicólogo, tratar de remediar el asunto, pero llegue a la conclusión que eso solo traería mas problemas, ha de ser muy caro de por sí.

